Política, movimientos sociales y partidos políticos: de Porto Alegre a Montevideo

Política, movimientos sociales y partidos políticos: de Porto Alegre a Montevideo

por Eduardo Gudynas – Desde el Foro Social Mundial de Porto Alegre se mantiene un debate sobre las relaciones entre la sociedad civil y los partidos políticos, y las nuevas prácticas políticas. Una discusión que en Uruguay apenas comienza pero que reviste suma importancia tanto para la sociedad civil como para la sociedad política.

El tercer Foro Social Mundial, que tuvo lugar semanas atrás en Porto Alegre, potenció la búsqueda de alternativas a la situación actual y contribuyó a caldear diversos debates que se mantienen hasta el día de hoy. Entre ellos se destacan las relaciones entre los partidos políticos y la política formal, y los movimientos sociales y sus expresiones. Este tema es particularmente importante para Uruguay, no sólo por la experiencia de Porto Alegre, sino también como seguimiento de la versión uruguaya del Foro Social del 2002. Es también importante frente a la crisis que vive el país, la que también afecta a todo el entramado político, y que por lo tanto requiere repensar las prácticas políticas en nuestra sociedad.

El debate sobre la política

Es necesario comenzar por reconocer que el Foro Social Mundial (FSM) permite las más diversas interpretaciones. Unos lo valoran como el nacimiento de nuevas alternativas, y otros lo consideran el renacimiento de viejas ideas; hay quienes piensan que es una manifestación radical, mientras otros sostienen que es el alumbramiento de nuevos protagonismos políticos. En el Foro Social nacional, celebrado en Montevideo a fines del 2002, sucedió algo semejante.

Frente a cualquiera de estos eventos, las reacciones uruguayas también son diversas. Desde las tiendas partidarias (incluyendo en esa categoría al EP-FA del Uruguay, o al Partido de los Trabajadores de Brasil), algunos actores observan con admiración y buscan involucrarse de alguna manera en un FSM. Muchos consideran que esos eventos reflejarían el dinamismo de la sociedad civil y las nuevas formas que pueden revitalizar la política. Por el contrario, otros tienen valoraciones negativas, concibiéndolos como manifestaciones radicales, a veces incontrolables por las disciplinas partidarias, y en otras casos como expresiones de la “antipolítica” o de cierto “anarquismo” de nuevo cuño, difícil de entender.

Esta discusión se disparó por las fuertes asociaciones entre el FSM de Porto Alegre con el Partido de los Trabajadores (PT). La enorme presencia brasilera en aquellos eventos y la composición del comité organizador nacional, explica que en el II FSM del año pasado se observara una masiva presencia del PT, con apoyos a la figura de Lula y otros líderes (como el gobernador de Río Grande do Sul o el alcalde de Porto Alegre). A su vez, el PT ha amparado y congeniado con el FSM;  el municipio y gobierno del Estado le brindó sustento económico y logístico decisivo en las dos primeras ediciones, y muchos dirigentes lo ven como una expresión funcional a sus propias maneras de entender la política.

En este tercer foro (2003) las controversias se mantuvieron; el ahora presidente Lula tuvo un espacio destacado ofreciendo un discurso a una enorme multitud. El carisma personal de Lula así como la historia del PT hace que la mayor parte de los participantes apoye o tolere esos vínculos, aunque ya se han renovado las críticas. Por ejemplo la muy conocida Naomi Klein (autora del bestseller “No Logo”) cuestionó la dinámica personalista del FSM, y el riesgo de caer en la figura paternalista de un líder que salva y conduce a su pueblo. Por otro lado, muchos analistas cuestionaron duramente la misión que se autoimpuso Lula de tender un puente con el Foro Económico de Davos, tanto debido a que el FSM nació como una respuesta contra el poder económico tradicional, como al hecho que nadie lo nombró representante de la sociedad civil. Esas personas entienden que esas y otras personas intentan cooptar el foro para sus fines partidarios. Se recordó que los partidos de izquierda ya poseen su propio espacio colectivo (Foro de Sao Paulo), y no debería invadir una iniciativa que nació desde la sociedad civil. En este artículo no apunto a dirimir la validez de esos cuestionamientos, sino que deseo subrayar que su mera presencia refleja una fuerte tensión sobre cómo se relacionan los movimientos sociales y los partidos políticos.

Esa tensión también fue evidente en el caso de la visita a Porto Alegre del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Su figura claramente recoge menos adhesiones que Lula, y así como hay organizaciones sociales que lo apoyan, existen otras tantas (incluyendo sindicatos) que lo combaten. No se concedió a Chávez una tribuna frente a la multitud, sino que su presencia fue más discreta.

Justamente estas diferencias entre Lula y Chávez muestran una de las ambigüedades del FSM. Si se permite un discurso de un presidente, se deberá permitir el de otros presidentes, y no pueden hacerse malabares con quien es menos simpático; en cambio, si se escoge establecer una separación formal del proceso del Foro con los gobiernos y los partidos políticos, ésta debe ser explícita y deberá ser mantenida. Estos y otros ejemplos indican que el FSM ha navegado entre dos aguas, sin saldar la cuestión y reproduciendo las diferentes posiciones entre sus organizadores.

Dos miradas distintas

Buena parte de estas diversas maneras de entender las relaciones entre la sociedad política y la sociedad civil, así como sobre la “misión política” de eventos como el FSM, se deben a diferentes perspectivas. Esas posiciones a su vez tienen claras correspondencias con lo que sucede en Uruguay. Un conjunto de ellas parten desde los partidos políticos. Se inician allí y regresan a ellos, y por lo tanto revelan una postura “partidocéntrica”.

Siguiendo esa perspectiva, los foros y sus participantes son evaluados en relación con las funciones que defienden de las organizaciones políticas formales. En un segundo momento se considera sus aspectos positivos o negativos, y se los defiende o ataca usualmente en relación con las bases ideológicas o las plataformas programáticas de cada corriente política. Esta visión considera que las prácticas políticas sustantivas, las que sirven para la acumulación y construcción política, se hacen esencialmente en los partidos políticos; se afirma que es en ellos donde se produce una “síntesis” o una “conducción” de la sociedad. Esto no quiere decir que se rechace a organizaciones sociales, y de hecho hay muchos ejemplos de relaciones con ellas (en especial con sindicatos), pero de todas maneras se espera una acumulación o apoyo desde éstos hacia los partidos políticos.

La perspectiva “partidocéntrica” tiene defensores tanto en los propios partidos, como en actores dentro de organizaciones de la sociedad civil, sean sindicatos o ONGs, que las consideran como un paso previo al ingreso al espacio partidario. Por otro lado, también pueden existir coincidencias programáticas entre organizaciones de la sociedad civil y algunos partidos políticos, en temas clave como las demandas sindicales, la lucha contra la pobreza, la defensa ambiental o los derechos humanos. Buena parte de esas coincidencias explican los vínculos con los partidos de izquierda, y explican las coordinaciones que se dan en algunos terrenos.

Esta mirada “partidocéntrica” tiene algunos problemas. El más claro es que los eventos de la sociedad civil, y en especial los FSM, no se corresponden con las lógicas de acción de un partido político (ni siquiera con los de una asociación de partidos políticos). Consecuentemente donde las líneas de acción invocadas desde el Foro no coinciden o no se corresponden entre ellas aparecen críticas y cuestionamientos como los indicados arriba. El FSM no está organizado en función de llegar a una plataforma política detallada, no pretende ostentar representaciones, no se deciden los temas por mayorías y minorías, y de hecho se protege a las minorías en sus más diversas ideas.

Otra perspectiva distinta para enfocar estas relaciones parte de la sociedad civil. Desde esta visión se considera que la renovación de la política surge desde la propia base ciudadana, y no desde los partidos políticos ni del mundo empresarial. Las demandas de los movimientos sociales no están atadas a la conquista de un gobierno, no juegan en un mercado electoral para comprar votos, incorporan metas en campos novedosos, como la ética o la propia esencia de las relaciones sociales, etc. Esta mirada subraya que la sociedad civil también posee actores políticos, y puede generar procesos políticos relevantes, los que se difunden al resto de la sociedad.

En Porto Alegre muchos de los que seguían esta perspectiva ponían todas las ideas bajo cuestión;  critican no sólo el capitalismo actual sino que también muchas de las posturas del socialismo tradicional. En alguna medida esta posición sospecha de los políticos tradicionales, asumiendo que cuando carecen del control ciudadano terminan desviando su camino. No faltaron testimonios de militantes europeos desencantados con su “socialdemocracia”, o relatos de chilenos desilusionados con la “izquierda” del gobierno de Lagos. Por lo tanto, la verdadera renovación vendría de las demandas y controles ciudadanos, y desde ellos se podría intentar la reconstrucción de los partidos.

Cualquiera de las dos miradas (la que parte de los partidos políticos, o de la sociedad civil) presenta problemas y puede caer en exageraciones. Las dos están presentes en Uruguay; seguramente la primera en una mayor proporción. Reconocer estas visiones ofrece nuevos flancos para pensar las prácticas políticas, lo que es bienvenido en temas de despolitización y crisis.

Preguntas uruguayas

A pesar de esta diversidad de posiciones debe admitirse que el debate uruguayo todavía es de escasa entidad. Se han abordado por ejemplo las relaciones entre sindicatos y partidos políticos, pero se ha avanzado mucho menos con los nuevos movimientos sociales. Han existido muchos progresos en reconocer el papel de las ONGs, pero todavía se las acota a un funciones meramente asistencialistas o como prestador de servicios estatales.

Los partidos más viejos, como Colorado y Nacional, tienen dificultades en vincularse con muchas de las organizaciones de la sociedad civil. Hasta donde puede verse no han participado de los FSM en Porto Alegre. Además, muchos de sus integrantes consideran que las organizaciones ciudadanas están asociadas a la izquierda y las miran con desconfianza. Por otro lado, algunos en el EP-FA también enfrentan dificultades, en especial cuando las ONGs se mueven independientemente y terminan criticando, por ejemplo, alguna medida de la IMM. El EP-FA ha participado de los foros sociales de Porto Alegre, pero esa presencia ha sido comparativamente pequeña. Surgen entonces varias preguntas pensado en la realidad uruguaya: ¿esa presencia acotada es una buena o mala señal?, ¿se debería imitar al PT de Brasil con un fuerte apoyo a esos foros?, o por el contrario, ¿es necesario fortalecer la independencia de esas expresiones ciudadanas?

Estas preguntas a su vez hacen necesario considerar otras cuestiones. Es indispensable que en el país se promuevan nuevas reflexiones sobre las relaciones entre partidos políticos y sociedad civil. Sin duda que es una tarea especialmente urgente para la izquierda, la que muchas veces parecería que “espera” a que las organizaciones ciudadanas se le acerquen a ella y se acoplen a sus programas. Frente a estos problemas habría que plantearse otras preguntas, como por ejemplo ¿cómo evaluar las demandas políticas de la sociedad civil?, ¿cuál debería ser el nivel de participación de los partidos políticos en los eventos que promocionan las organizaciones sociales?, ¿qué niveles de coordinación pueden existir entre unos y otros?, ¿cómo y dónde mantener la independencia entre ONGs y partidos?, y así sucesivamente.

Observando la misma situación desde otro ángulo, hay que reconocer que entre muchas organizaciones de la sociedad civil también existen materias pendientes. En primer lugar se debería considerar las formas bajo las cuales los diferentes movimientos se relacionan entre sí; en particular sigue pendiente la necesidad de fortalecer la coordinación entre los sindicatos con los nuevos movimientos sociales, así como la articulación de esos nuevos movimientos entre sí. No debe confundirse esta tarea con una mera discusión entre ONGs, ya que hay muchas de ellas que en realidad desempeñan el papel de empresas consultoras que venden servicios de asesoramiento técnico. La presencia clave es de grupos ciudadanos organizados, sean ONGs que mantienen sus vínculos con grupos vecinales, o bien que son expresión directa de éstos.

En segundo lugar, el debate político dentro de ese mundo también necesita fortalecerse, y sobre todo avanzar hacia posiciones más explícitas. Es necesario debatir colectivamente sobre la crisis que enfrenta el país, identificar posiciones comunes y presentar esas ideas a los partidos políticos y el gobierno. Esto significa dar varios pasos más allá de las expresiones sobre algunos temas puntuales, y discutir sobre la esencia de las estrategias de desarrollo que se siguen en el país. Por cierto que hay muchos grupos que están en esas tareas, pero el cambio clave sería realizar esos esfuerzos colectivamente, llegar a consensos que involucren a más de un movimiento social, y convertir a sus participantes en actores políticos.

Esto no quiere decir que esas organizaciones de la sociedad civil deben convertirse en partidos políticos. El caso del PT de Brasil, que nació desde una base sindical junto a otras organizaciones sociales, se inició bajo condiciones de deterioro político mucho mayores a las uruguayas; otro tanto puede decirse de las primeras discusiones de la agrupación sindical argentina CTA que considera convertirse en “movimiento” político. El piso uruguayo muestra una cultura política mucho más robusta.

Esa fortaleza se debe a que en Uruguay prevalece una cultura de la “partidocracia”, la que a su vez ha limitado las capacidades de expresión de la sociedad civil. En momentos de crisis como el actual, ese entramado partidario enfrenta serios problemas, y los huecos que deja libres no siempre pueden ser llenados por una sociedad civil organizada como sujeto político, y terminan por lo tanto en manos de actores mercantiles.

En estas circunstancias el fortalecimiento de la sociedad civil le hace bien a todos; no se le debe tener miedo, y en particular para las opciones progresistas es una necesidad para fortalecer su propia base política. Plantearse las preguntas sobre cómo deben ser las relaciones entre la sociedad civil y la sociedad política es uno de los primeros pasos, ya que obliga a pensar y ensayar las respuestas.

E. Gudynas es investigador en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad – América Latina). Publicado en el suplento Bitácora, del diario La República, 26 de febrero de 2003, Montevideo.