Ecuador: la rebelión de los forajidos

por Alberto Acosta – El coronel Lucio Gutiérrez, todavía presidente de la República del Ecuador, calificó de “forajidos” a los manifestantes, que la noche del pasado miércoles 14 de abril, fueron a gritar y a pitar frente a su casa. El coronel declaró el jueves 15 que demandará a los manifestantes que acudieron hasta su casa ubicada en un exclusivo barrio capitalino para exigirle que abandone el cargo, tras asegurar que eran unos “forajidos que fueron a atacarme a mi domicilio” (él, hay que recordar, no duerme en esa casa: allí viven su esposa e hijas; él duerme en Palacio, rodeado de miles de guardias, policías, soldados y perros de todo tipo, incluso algunos encorbatados).

La tarde del miércoles 14 había terminado una nueva jornada de protesta. Los manifestantes, que no fueron muchos, regresaban cansados, golpeados y desanimados. No fue posible reeditar la gran marcha del pasado de 16 de febrero, en la cual más de 200 mil personas salieron a las calles del centro colonial de Quito para exigir la renuncia del coronel. Los líderes de dicha marcha, que no estuvieron a la altura de los y las marchistas, se contentaban con la salida de la Corte Suprema, cuya composición se forjó a fines del 2004, al margen de la ley y la Constitución, por iniciativa del coronel.

Los detonantes recientes de la rebelión

Dicha Corte Suprema de facto, protegida por un grupo de matones en las calles y por el coronel desde la presidencia, consagró la impunidad. Su presidente, apoyado por jueces también ilegítimos, anuló los procesos judiciales seguidos a tres pillos de alto calibre político. Qué importó que el entonces vicepresidente Alberto Dahik -en la época, primer presidente de Transparencia Internacional- no haya podido explicar el uso de gastos reservados por valor de cuatro millones de dólares. Tampoco pesaron el atraco de las mochilas escolares y los 3,5 millones de dólares de gastos reservados que sacó en 11 costales el presidente Abdalá Bucaram al huir del palacio presidencial, escoltado por su edecán. Nada interesó, a los jueces de facto, que el presidente Gustavo Noboa haya dirigido una negociación de la deuda externa nefasta para el país, pensada y ejecutada para -textualmente- “maximizar pagos por adelantado y flujo a los inversionistas durante la vida de los bonos (global)”. Su retorno casi triunfal parecía formar parte de una esquizofrenia colectiva.

Estos hechos tienen responsables. El coronel es el gran gestor. Él, siendo presidente, visitó en Panamá, en septiembre pasado, al prófugo Bucaram, de quien fuera su edecán. Él, cumpliendo lo pactado, fraguó -con la complicidad de varios grupúsculos políticos, incluso denominados de izquierda- una mayoría parlamentaria que aseguró a Bucaram el control del Congreso Nacional y por cierto de la Corte Suprema de Justicia. Sosteniendo este contubernio aparece Álvaro Noboa Pontón, aquel ricacho encaprichado en comprarse la Presidencia de la República, a quien, como resultado del pacto, le tocó el Tribunal Supremo Electoral, así como espacios clave en la Corte de facto. En esta lista cabría incluir a todos aquellos líderes opositores, timoratos y tuertos, que se angustian por las cortes, pero que no ven la amenaza que representa el TLC, la política económica hipotecada a favor de los acreedores de la deuda externa, muchos de ellos bancos ecuatorianos. Y que no se inmutan por el creciente compromiso del coronel con el Plan Colombia.

A pesar del retorno de los pillos, que parecía había sacudido la conciencia de amplios sectores de la sociedad, las protestas matutinas y vespertinas en aquel miércoles no prosperaron como se esperaba. La represión policial fue violenta, dejó casi 100 heridos y cubrió de gases la capital de Ecuador.

Pero la luna salió temprano

Cuando los cansados protestantes se recogían en sus casas empezó a circular una invitación. Radio La Luna, un proyecto periodístico sin fines de lucro, se negó a aceptar la derrota. Propuso realizar un “cacerolazo”. La idea cobró fuerza. Cual círculo concéntrico se expandió la invitación, a través de los medios más diversos. Y desde ese día se generaron cada vez más marchas en Quito, auto convocadas por los mismos quiteños y quiteñas -niñas, niños, jóvenes, mujeres, hombres, ancianos, ancianas-, que desde el día jueves asumieron espontáneamente su condición de forajidos.

Entre las manifestaciones registradas -de día y sobre todo de noche- en casi todos los barrios y valles aledaños, se organizaron los “cacerolazos”, el “reventón” (reventar globos), el “tablazo” (golpear tablitas), el “rollazo” (salir con papel higiénico para limpiar tanta mierda), el “golpe de estadio” (protestas masivas en contra del gobierno en los estadios de fútbol), el “basurazo”, el “escobazo”, etc.

Radio La Luna, encabezada por el periodista Paco Velasco, asumió el reto. Desde sus micrófonos la gente comenzó a preparar la rebelión. Velasco, quien asume una y otra vez su condición de periodista y se niega a liderar la rebelión, se convirtió en un símbolo. Si el miércoles en la noche salieron 5 mil ciudadanos, al día siguiente la cifra casi se triplicó y comenzaron a organizarse propuestas en otras partes del país.

La convocatoria la hace la propia ciudadanía, desde donde surgen las ideas de la acción. La creatividad flota en el ambiente, tanto como la indignación en contra del coronel, autocalificado como “dictócrata”. La gente se identifica como “forajidos”. Miles llaman a la radio como tales. La gente, incluidos niños y niñas, hacen cola en La Luna para llamar a la rebelión, luego de dar su nombre, el número de su cédula de identidad y reconocer públicamente su calidad de forajidos. Los políticos tradicionales, de todas las tendencias, tienen vedado el ingreso a la radio y no son aceptados en las marchas y movilizaciones. Miles cargan pancartas asumiendo su condición de forajidos. Los autos llevan afiches de forajidos. Se distribuyen certificados de forajidos. Hay camisetas donde se acepta como slogan de lucha esa denominación. Niños y niñas preparan murales o pancartas alusivas a las horas que se viven. Y desde La Luna, a poco de las amenazas del coronel contra los forajidos, emergió una nueva caricatura musical sobre el tema (Esta radio es reconocida también por su capacidad artística y su agilidad para responder con música, con alegría e ironía demoledora en contra de los poderosos. El maestro de esta operación es Ataulfo Tobar, quien alegró con música y siempre en forma pacífica la caída de Abdalá Bucaram en 1997, de Jamil Mahuad en 2000, e incluso la libertad y la amnistía del propio coronel Gutiérrez, luego de que éste fuera detenido a raíz de su participación como uno de los líderes en la histórica asonada del 21 de enero del 2000, que defenestró a Mahuad, para quien, según el coronel presidente, también se debería extender la anulación de su juicio como a Bucaram, Noboa y Dahik.

Los sustos del coronel

Ante las crecientes e inesperadas protestas, el coronel se asustó. Luego de haber declarado triunfalmente su triunfo sobre las fuerzas opositoras al atardecer la noche del miércoles 14, se encontró con que la fuerza popular, sin los líderes tradicionales, esa misma noche invadió la ciudad. Las marchas espontáneas hicieron temblar al inquilino del Palacio de Carondelet, tradicional sede del gobierno ecuatoriano, en medio del Quito colonial. En breve se redoblaron las medidas de seguridad y el Estado de Sitio fue decretado el viernes en la noche. Ya era tarde. La rebelión estaba en marcha. Ni el fin de semana la detenía. En Quito la ciudadanía se volcó a las calles a desobedecer la medida oficial, complementada con un nuevo acto inconstitucional, pues, el coronel, en su desesperación, asumiendo en la práctica más poderes dictatoriales, resolvió cesar a la misma Corte que él ayudó a conformar.

La propuesta pacífica de la ciudadanía frustró la intentona del coronel. Su Estado de Sitio y su disolución de dicha Corte duraron menos de 12 horas. El Ejército se negó a salir a las calles para reprimir. Organizaciones de DDHH, la mañana del sábado, lograron interponer un amparo. Pero, sobre todo, la gente de Quito se sintió que le habían declarado la guerra y procedió a la desobediencia civil, inundando las calles y plazas con manifestaciones cada vez más numerosas. El coronel reculó públicamente.

En estas horas, la represión y las amenazas no se hicieron esperar. Un grupo de garroteros financiados por el gobierno, compuesto por funcionarios públicos, trató de incendiar Radio La Luna al atardecer del viernes, pero fueron rechazados e incluso capturados por la gente que hace vigilia defendiendo la radio, a la que ya le han cortado los teléfonos y a la que la tarde del domingo se le sometió a una continuada guerra electrónica para acallar su señal. A falta de las líneas telefónicas normales, la radio se comunica con la gente por intermedio de teléfonos celulares, muchas veces proporcionados por la propia gente. Y ante el silenciamiento de sus transmisores, decenas de radiodifusoras de todo el país le han prestado su señal.

La policía y los garroteros del régimen también desplegaron su brutalidad en contra de miles de manifestantes que empezaron la noche del sábado y la madrigada del domingo a rodear el Palacio Presidencial.

En este escenario, cuando están convocadas marchas en todo el país a partir del lunes 19 (algunas de las cuales ya empezaron el viernes en Cuenca, Riobamba, Ibarra y otras ciudades, y ante el Congreso Nacional, la noche del domingo) atropelladamente cesó a la Corte de facto, elegida en forma ilegal el pasado 8 de diciembre de 2004, y que ha sido el detonante para una crisis política de graves dimensiones en el país. Con esto se cierra un primer capítulo en el que los políticos tradicionales han querido dar la razón al pueblo de la capital, pero sin entender que la protesta va más allá.

El rechazo a los atropellos del dictador, tanto como a su servilismo con Washington y los grupos oligárquicos a los que ha servido y sirve en forma obsecuente, es tal que los forajidos no se calmarán sólo con el cese de la corte. Incluso la marcha del coronel sin expulsar a los otros responsables de este desastre parece insuficiente. El sentir mayoritario de la población reclama que se vayan todos, con el dictador a la cabeza, con sus cómplices y no cómplices en el Congreso, en los Tribunales Electoral y Constitucional, en el Consejo Nacional de la Judicatura y en el Banco Central del Ecuador.

Aunque esta crónica esté todavía incompleta, ya se sienten vientos de cambio que serán determinantes para la vida de este pequeño país andino y que, quizás, también sirvan de ejemplo en la región.

A. Acosta es economista y docente ecuatoriano. Publicado en La Insignia el 18 de abri de 2005.