Bolivia: Repsol y la leyenda de Eldorado

por Juan Carlos Escudier – La inmensa mayoría de los españoles, sobre todo los que acuden a las estaciones de servicio con la malsana curiosidad de comprobar cuánto más pagarán esa vez por llenar el depósito de sus vehículos, están en un sinvivir por la decisión del Gobierno de Bolivia de nacionalizar sus hidrocarburos.

La medida afecta de lleno a Repsol YPF y, como es natural, ha causado indignación en la ciudadanía, dado el carácter filantrópico de la multinacional, casi una ONG del crudo y de los gases licuados. El estupor ha llegado al Gobierno, que ha enviado a La Paz a un puñado de altos cargos con la misión de convencer al “indígena cocalero” que ganó hace tres meses las elecciones en Bolivia para que tenga miramientos con una institución que tanta admiración y respeto despierta en la madre patria.

Nuestras autoridades y las europeas esgrimen un argumento irrefutable: no se puede jugar en vano con la seguridad jurídica de Repsol, ni con la de Iberdrola, ni con la de Telefónica ni con la de Prisa que, derrochando objetividad, en sus opiniones sobre éste y otros temas relacionados con Bolivia siempre ha hecho abstracción de que es la propietaria de los principales diarios del país andino y de una cadena de televisión. “Aun comprendiendo que Bolivia quiera ser el primer beneficiario de sus recursos naturales, especialmente del gas, igualmente necesita de la inversión extranjera para su explotación. Con esta nacionalización, cuyos detalles habrá que estudiar con mayor detenimiento a medida que se vayan desarrollando y aplicando, Bolivia pone en juego la credibilidad de sus garantías jurídicas”, tal era el aserto del editorial de El País del pasado 2 de mayo.

Al fin y al cabo, lo que sobran en Bolivia son seguridades, certezas y garantías. Existe la seguridad, por ejemplo, de que la esperanza de vida al nacer de cada boliviano no superará los 64 años, la segunda más baja de América Latina y el Caribe, tras Haití; es seguro también que 70 de cada 1.000 niños nacidos morirán antes de los cinco años o que 18 de cada 100 no terminarán sus estudios primarios, si es que los empiezan porque el 41% de los niños no asisten a clase. Más del 20% de los bolivianos tienen la desnutrición como certeza y un 45% podrá jurar no haber visto ni de cerca una red de alcantarillado.

Los bolivianos tienen otras garantías. El 14,4% de la población sabe que tendrá que vivir con un dólar al día y el 34,3% con dos dólares. De sus nueve millones de habitantes, el 63% son pobres. Para mayor seguridad, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ha hecho los cálculos oportunos: al ritmo actual, tendrían que pasar 178 años para que el país salga de la miseria, apenas un suspiro. En Uruguay, comparativamente un país próspero, los tres principales problemas de salud son, por este orden, las enfermedades cardiovasculares, el cáncer y los accidentes. En Bolivia, la mortalidad materno-infantil, las enfermedades crónicas infecciosas y la desnutrición.

Pues bien, Evo Morales se ha hecho un gorro de papel con la seguridad jurídica de Repsol y, en el colmo de las aberraciones, ha cumplido lo dispuesto en referéndum por el 90% de los bolivianos y por la propia Ley de Hidrocarburos y ha devuelto al país la propiedad de sus recursos naturales. Para mayor desfachatez hizo incluir en el decreto de nacionalización un párrafo del Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos de 1966: “Todos los pueblos pueden disponer libremente de sus riquezas y recursos naturales, sin perjuicio de las obligaciones que derivan de la cooperación económica internacional basada en el principio del beneficio recíproco, así como del derecho internacional. En ningún caso podrá privarse a un pueblo de sus propios medios de subsistencia”.

Es normal que Repsol se sienta pisoteada en sus derechos y que el Gobierno corra en ayuda de uno de sus campeones energéticos nacionales, una categoría de empresas que en Bolivia no funcionaría porque ya se sabe que los indios son malos gestores. ¿Acaso Repsol es culpable de que un tal Sánchez Lozada le rebajara los impuestos a la mitad y le firmara un contrato de 40 años de duración? ¿Es nuestra querida empresa responsable de haber pagado uno de los tributos más bajos del mundo, el 18%, por la materia prima que extrae con el sudor de sus máquinas? Y además, ¿para qué querría Bolivia más ingresos si, posiblemente, no sabría en qué gastarlos?

Para Repsol el contratiempo es grave. Como asegura Paul Isbell, analista del Real Instituto Elcano, llevaba años sustituyendo reservas nuevas en Bolivia por sus reservas en declive en Argentina. A diferencia de otras compañías de hidrocarburos, la concentración de sus reservas en la región le impide abandonarla para diversificar sus riesgos en otras zonas sin antes hacer caja en América Latina y exprimir más el limón.

Como el libre mercado que practican estas multinacionales –también nuestra bienamada Repsol– consiste básicamente en decirle al Gobierno que no se meta en sus asuntos hasta que precise de sus servicios diplomáticos, la petrolera confiaba en que las buenas relaciones de Zapatero con los nuevos gobernantes del cono sur le pondrían a salvo de cualquier eventualidad. Sobre todo porque, a excepción de Venezuela, ninguno de los países de este ámbito disponen de fondos propios para acometer sin participación externa las grandes inversiones en producción e infraestructura que precisa el sector. Así, pese a las incertidumbres políticas, Repsol aspiraba a convertirse en imprescindible. Pero en esas llegó Morales y esos bolivianos muertos de hambre.

En la reseña biográfica de Evo Morales que incluye la página web de la Presidencia de Bolivia se citan los tres pilares que, según los aymaras, deben sostener a toda persona: ama sua (no seas ladrón), ama quella (no seas flojo) y ama hulla (no seas mentiroso). A Repsol, la empresa que en la búsqueda de Eldorado ha dado más glorias a España que el Real Madrid, le gustaría que este indígena que antes de cocalero fue ladrillero, panadero y trompetero no cumpliera ninguna de estas recomendaciones. ¡Estos indios son intratables hasta sin jersey!

Publicado en El Confidencial, 6 mayo 2006.