Desiguales en busca de inclusión

Desiguales en busca de inclusión

Según la encuesta Barómetro de las Américas de 2013, los argentinos consideran que el Estado debe intervenir para reducir las diferencias entre ricos y pobres; es decir, hay una preocupación por la disminución de la desigualdad. El concepto, que desde hace algunos años volvió al centro del debate público y académico, permitió ir más allá de la noción de pobreza, central durante los 90, e incluir otros principios de justicia social. De ahí parte el minucioso análisis del sociólogo Gabriel Kessler en su libro Controversias sobre la desigualdad (Fondo de Cultura Económica), que recorre la década kirchnerista que va de 2003 a 2013.

Investigador del Conicet y profesor de la Universidad Nacional de La Plata, es un referente ineludible en las ciencias sociales por sus trabajos sobre pobreza, delito e inseguridad en el marco neoliberal. Ahora, lejos de un balance unívoco, amplía el análisis desde una perspectiva dual que enfrenta las tendencias contrapuestas de la desigualdad en diferentes esferas de bienestar (distribución del ingreso, salud, educación, vivienda, infraestructura, cuestión rural y delito), desde sus propias dinámicas internas, y recuperando los procesos sociales, las causas y las consecuencias que se esconden detrás de cada estadística.

–¿Para este gobierno la desigualdad es una prioridad o más bien lo es, en principio, la integración de los excluidos?
–Yo observo que ambos temas tienen fuerza en el discurso y en la letra de algunas políticas, porque la inclusión de los excluidos es el primer camino para disminuir las desigualdades más extremas. Cuando uno mira las ganancias de esta época en general, ve un gran aumento de la inclusión y las coberturas, que conlleva a una disminución de las desigualdades pero no termina con ellas. Al fin de cuentas, puede haber inclusión con desigualdad. Y hubo también políticas con efectos contrapuestos. Por ejemplo, uno puede tener una política desarrollista en términos de vivienda, pero si no hay una política de regulación del suelo acorde a esa política de vivienda, va a haber un encarecimiento del suelo, una pugna entre los distintos sectores sociales, y esas políticas igualitarias en un aspecto van a tener como contraposición mayores dificultades de acceso a la tierra y a la vivienda.

–Según su trabajo, los avances más importantes de la última década estuvieron vinculados con mejoras en el mercado laboral. ¿Qué sucede con la actual caída en los salarios que no alcanzan el nivel de la inflación?
–Uno ve que la mayor ganancia de estos diez años fue en todo aquello que tracc iona el mercado de trabajo, en particular, el más protegido y urbano, por la reactivación y por políticas tales como la regulación del salario mínimo, más trabajo en blanco y coberturas como jubilación y transferencias de ingreso. Y eso tuvo un impacto importante en la disminución del coeficiente de Gini, el indicador clásico que se usa para graficar la desigualdad entre personas u hogares. Y hay un consenso de que eso sucedió, según los investigadores, hasta 2008, 2009 o 2010 y luego fue estancándose. Y hubo luego un impacto de la inflación y sobre todo de una menor capacidad de la economía para generar empleos de calidad. Ahora bien, yo creo que la mayor tendencia contrapuesta en relación con el mercado de trabajo es que la estrategia económica genera, por un lado, empleos de calidad en determinados sectores pero persiste un polo de marginalidad que no logra ser absorbido por dicha estrategia. Entonces, hay una persistencia de un polo de exclusión estructural, y por otro, incluso en aquellos sectores de empleados más protegidos, aparece la erosión de la inflación y, para algunos, el peso del impuesto a las ganancias. Pero ahí también hay una cuestión técnica, y es que, como la inflación afecta a todos los ingresos, desde este punto de vista, no cambiaría la desigualdad, porque supuestamente afecta a todos por igual. Pero si mirás desde el consumo –que es lo que hay que mirar para saber cómo viven y cómo gastan los hogares–, como quienes menos tienen gastan casi todo en consumo, ahí se ve que hay una afectación de la inflación sobre todo en los sectores más bajos porque son quienes gastan todo lo que tienen.

–¿El consumo es una vía real de inclusión?
–Es un tema complejo, porque hay por un lado una apología de la “democratización del consumo” que yo critico, pero también hay a veces una crítica no matizada hacia la inclusión por el consumo y a que varios gobiernos de América Latina –que podríamos considerar de centro-izquierda o nacional-populares–, han basado parte de su estrategia de reactivación y adhesión política en la difusión del consumo. Digo que la crítica debe ser matizada porque hay que entender que el consumo dinamiza el mercado interno pero obviamente no alcanza, porque una inclusión basada en el consumo también tiene que estar acompañada por una mejora en la infraestructura de los servicios, salud, educación, etcétera. De todos modos, me parece que no hubo sólo una inclusión por el consumo, también hubo un intento, más o menos exitoso, de generar inclusión en otras dimensiones, aunque también es cierto que algunas áreas se vieron menos beneficiadas, como lo que es mejora de infraestructura en las zonas más relegadas de las ciudades. Entonces, uno puede preguntarse si parte de esa reactivación del consumo no hubiera tenido que estar invertida en determinados bienes y servicios que garanticen una mayor calidad de vida y una disminución de las desigualdades a mediano plazo. Lo que sucede es que cuando se genera consumo sin brindar suficientes mejoras de otros bienes y servicios y sin generar identidades laborales y sindicales, se va conformando una población que demanda más bienes individuales y colectivos, y que siente una cierta fragilidad porque su bienestar basado en el consumo puede verse amenazado por los ciclos recesivos. Es preciso considerar entonces cómo conviven carencias a largo plazo con una alta circulación de bienes en distintos sectores.

–¿La forma de consumir hoy es igual que diez años atrás?
–No, el consumo cambió en el mundo, incluso antes de esta década. Hay una velocidad de recambio de los bienes que genera una imagen de sociedades consumistas que no es producto de una determinada estrategia política sino de que el mundo de los bienes ya no tiene la dinámica de los 50 a mediados de los 70, cuando eran pocos y duraban mucho tiempo.

–¿Cómo impactan el endeudamiento y las tasas de interés en los diferentes sectores que consumen?
–El endeudamiento creciente de muchos sectores populares a tasas usurarias que tienen que ver con esa fiebre del consumo es otra cuestión importante. Ahí la desigualdad también es muy fuerte porque todos nos endeudamos muy caro pero los pobres pagan más. Hay recientes estudios en la Argentina que están mostrando el peso que tienen las deudas en los presupuestos de los sectores más bajos, y es uno de los temas más invisibilizados en la agenda de la desigualdad.

–¿Esta situación en el consumo guarda alguna relación con el hecho de que a medida que la desigualdad fue disminuyendo, no sucedió lo mismo con los indicadores de delito?
–Hay una necesidad de repensar de mejor manera los vínculos entre desigualdad y delito. Haber vivido situaciones de desigualdad muy fuertes quizás tiene un impacto en el tiempo que no necesariamente por un cambio en el indicador de desigualdad se ha morigerado. Y la propia reactivación económica y en particular, del consumo: bienes tecnológicos circulantes que ocupan poco espacio y tienen mucho valor, el mercado de piezas automotrices robadas, etcétera, tiende a reactivar mercados ilegales que surgieron antes. Entonces, hay una relación.

–En el análisis es evidente que parte de la situación actual radica en causas de largo plazo que exceden al gobierno, pero de acuerdo a las estadísticas tenemos resultados desfavorables frente a otros países en igual cantidad de tiempo…
–En el libro trato de reponer las distintas temporalidades que tienen las diferentes dimensiones: es decir, los problemas y las políticas de educación, salud, seguridad o territorio no están articulados exclusivamente con los cambios de los ciclos políticos. Es decir, no todo cambia en 2003 ni todas las desigualdades comienzan en los 90. Comparado con América Latina, en relación con la disminución de la pobreza desde 2003 –aún sin considerar los datos oficiales– y la mejora en la distribución del ingreso, la Argentina tuvo un buen desempeño. Sin por eso olvidar que perdura alrededor de un 20 o 25 % de población pobre o más, según cómo se mida. Pero en otras dimensiones, los resultados son más desfavorables. En educación, la Argentina está en una posición buena en inversión y cobertura de las distintas clases, pero mal ubicados en términos de calidad. En cuanto a vivienda y hábitat, nuestro país aumenta el piso, pero comparado con otros países de la región, hay otros que mejoraron más. En relación con la salud, la Argentina, que tiene un gasto público y privado importante, mejoró sus indicadores pero otros países mejoraron más y en algunos casos con menor gasto. En definitiva, cuando uno ve los indicadores en términos absolutos, todas las dimensiones mejoraron, pero hay que preguntarse qué pasó con la eficacia de la inversión que en otros países fue mejor que aquí respecto de la disminución de las desigualdades.

–En el libro señala una relación entre prosperidad económica y reactivación del debate sobre la desigualdad. ¿A qué se debe?
–En general, históricamente en los momentos de mayor crisis económica y mayor retracción de las conquistas sociales, lo que se plantea es una lucha contra la exclusión de los grupos más vulnerabilizados; mientras que en momentos de crecimie nto económico, distintos sectores empiezan a pugnar por la distribución de los beneficios. Por eso no es casual que en un momento de mayor reactivación, pasada la crisis de 2002-2003, se plantee con más fuerza la cuestión social en términos de disminución de las desigualdades. Pero ya no es sólo una lucha en términos de distribución económica sino sobre la preservación y distribución de otros bienes simbólicos, materiales y de la lucha en pos de nuevos derechos.

–¿Cuánto contribuyeron los diferentes movimientos sociales y sus demandas particulares con esta actualidad renovada del concepto de desigualdad?
–El hecho de que la desigualdad vuelva a estar en el centro del debate político y académico es previo, pero es cierto que también estuvo motorizado por distintos movimientos sociales que inscribieron sus demandas en términos de una disminución de las desigualdades. Esos movimientos que estaban vinculados a determinadas identidades menoscabadas –luchas feministas, gays, de grupos étnicos, entre otros, cuestionaron a ciertas tradiciones que centraban la conquista de la igualdad casi exclusivamente en la esfera económica. Incorporaron así nuevas dimensiones en el debate, haciendo suyo el lenguaje de la igualdad-desigualdad para legitimar y aunar sus demandas y eso derivó en que el propio concepto se ubique en un lugar de alta efervescencia social e intelectual. De esta forma, se empezó a articular la idea más clásica de igualdad de posiciones con la necesidad de reconocimiento de ciertas identidades y grupos menospreciados. Y así se complejizó el interrogante sobre el horizonte de igualdad deseado.

Entrevista de Ivanna Soto. Publicada en Revista Ñ, Clarín (Argentina), 20 septiembre 2014, aquí …